Cotija de la Paz, Michoacán.
Padre Maciel, a usted le tocó nacer en una familia muy católica, y sus primeros años de vida los transcurrió en medio de una fuerte persecución religiosa. ¿Qué recuerdos guarda de esos años de su infancia en su pueblo natal de Cotija?

Como usted dice, mi familia era muy católica. No era un caso aislado. En México había y hay todavía familias de una gran tradición católica. Nosotros vivíamos en torno a las verdades de la fe cristiana de un modo sumamente sencillo, pero también muy profundo.

Mi padre era propietario de una gran extensión de tierras de cultivo y de ganado. Con mucha frecuencia estaba fuera de casa, visitando la marcha de las haciendas. Procuraba siempre salir al paso de las necesidades de los trabajadores y de sus familias. Guardo de él el recuerdo de un hombre honesto, fiel a sus compromisos de hombre y de cristiano, muy recto de conciencia. A este respecto, recuerdo que en una ocasión llegó a casa un señor con el que mi padre había apalabrado la compra de una hacienda. Pero, entre tanto, la hacienda había sido expropiada por el estado, por lo cual ya no pertenecía formalmente a este señor. Pero mi padre, como había quedado anteriormente de acuerdo con él y le había dado su palabra sobre la compra de la misma, le pagó el terreno aunque ésta estaba ya expropiada.

Mi madre estaba todo el tiempo con sus hijos, completamente dedicada a nosotros. De los numerosos embarazos que tuvo, le sobrevivimos once, siete varones y cuatro mujeres. Dos de mis hermanos murieron muy pequeños, uno a los cinco y otro a los seis años de edad. Otros dos murieron más tarde: Alfonso en su juventud y Francisco, el mayor, murió en un accidente de tráfico en 1973. Mi madre era una mujer muy piadosa, una verdadera santa. En su juventud había querido ser religiosa teresiana, pero por obedecer a su padre, como era todavía costumbre en esa época, contrajo matrimonio y decidió santificarse plenamente en la vida matrimonial y en la educación de sus hijos. Recuerdo cómo yo la acompañaba cuando era pequeño a visitar a dos leprosas, las hermanas Tolento, que vivían en mi pueblo. Ella atendía personalmente a los enfermos, con gran amor, suma delicadeza y respeto, porque veía en ellos la imagen de Cristo. Yo era muy pequeño, pero me preguntaba por qué ella haría eso. Con el tiempo comprendí que lo hacía porque era cristiana. No había otro motivo.

Yo creo que era un niño como los demás al que le gustaba mucho jugar, salir al campo, hacer travesuras, como a los demás. La iglesia parroquial de Cotija no quedaba lejos de mi casa. Así que también iba allí con frecuencia, de forma muy espontánea, a las misas dominicales, a rezar el rosario en familia todos los días, pero muy especialmente los meses de mayo, a las confesiones y adoraciones eucarísticas los primeros viernes de mes. Para nosotros la vivencia de la fe era algo muy normal y espontáneo.
Era parte de la vida misma. No había de ningún modo una separación entre la vida de todos los días y el contacto con Dios. Mi madre nos enseñó a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de la vida, agradables y desagradables. Era una mano amorosa que nos conducía hacia Él por los caminos más impensados. De lo que no se podía dudar nunca era de Él ni de su amor. Nos enseñó también a descubrir su poder creador en la naturaleza por amor a nosotros. A veces, cuando la acompañábamos, se detenía ante una sencilla flor del camino y nos decía: "Miren, hijos, cuánto nos ama Dios". Y nos hacía apreciar la belleza de la flor, manifestada en el color, la forma, el aroma... Todo ello le hablaba del amor, del poder y de la sabiduría de Dios.

La persecución religiosa llegó a México con el presidente Plutarco Elías Calles y muchos cristianos del país, especialmente de los estados de Guanajuato, Michoacán y Jalisco, se levantaron en armas entre los años 1926 y 1929 para defender sus derechos. Fue un movimiento popular. No entraba para nada la política ni cualquier otro tipo de reivindicación. Lo único que se quería era que el gobierno dejara a los cristianos practicar libremente su fe, que los sacerdotes pudieran ejercitar su ministerio. No se buscaban privilegios especiales. Sino simplemente respeto de los derechos básicos de libertad religiosa. Muchos conocidos míos se fueron a la sierra a luchar esta guerra que se llamó "guerra cristera", porque los que luchaban en ella vivían y morían al grito de "¡Viva Cristo Rey!".

Yo era todavía muy pequeño, pero confieso que envidiaba a aquellos que se iban a luchar por Cristo. Yo así lo veía. A mí me tocó vivirlo entre mis seis y mis nueve años de edad. En una ocasión, con mi familia tuvimos que abandonar la casa y el pueblo de Cotija para refugiarnos en Jamay y Zamora, que resultaban más seguros para nosotros, sobre todo teniendo en cuenta que mi madre, Maura Degollado, era hermana carnal del último general en jefe que tuvo el ejército cristero: Jesús Degollado Guízar. Vi también en alguna ocasión a mi madre con un rifle en la mano para defendernos en caso de ataque a la casa. Contemplé en los postes de la luz a muchos cristeros muertos, colgados por las tropas del gobierno. Ayudábamos a los moribundos a bien morir, curábamos las heridas de quienes habían sido alcanzados por las balas, veíamos a nuestros amigos y vecinos morir ahorcados y fusilados en la plaza del pueblo. En mis sencillas reflexiones de niño, yo me decía que ellos habían dado su vida por Cristo y que ahora estaban con Él en el cielo. Yo también quería dar mi vida por Él, aunque no sabía en aquel entonces que el tipo de lucha que Dios me pediría sería de otro estilo.