Quisiera pasar ahora a temas que conciernen la realidad eclesial, comenzando por el Papa Juan Pablo II. ¿Cuáles fueron los primeros contactos con este Papa? ¿Lo conocía antes de que subiera a la cátedra de san Pedro?
Lo conocía sólo de nombre pero, a decir verdad, como muchas otras personas en Europa occidental, habíamos oído poco del obispo de Cracovia que para entonces era una ciudad situada detrás de la cortina de hierro y, por lo tanto, bastante enigmática para nosotros.
Siempre había admirado la fe del pueblo polaco que, a pesar de las persecuciones y de los reveses de la historia, había sabido encontrar en la fe católica inspiración y fuerza en los momentos más difíciles de su historia nacional. Conocí más profundamente a Su Santidad en su primera visita pastoral a México. Como se sabe, esta visita fue fundamental para la orientación que Juan Pablo II quiso dar a su pontificado y le llenó de entusiasmo para tomar contacto personal con la realidad de las diversas iglesias, como el mismo santo Padre lo manifestó en repetidas ocasiones a la reportera Valentina Alazraki y ella expresó con estas palabras en su libro Juan Pablo II el viajero de Dios: "De México quedó prendado el corazón del Papa, y no sólo porque fue el primer viaje de su pontificado, sino porque nuestro país representó el descubrimiento de la enorme importancia que para Juan Pablo II tiene el contacto con los fieles, y sobre todo, el descubrimiento del derrotero que su actividad pastoral habría de seguir en el futuro". Quedó maravillado por el fervor y la devoción que mostró el pueblo de México durante esos días.
Tuve la gracia de poder colaborar de cerca, con otros legionarios, en algunos aspectos de la organización de la visita y lo pude encontrar en varias ocasiones en lo que entonces era la Delegación Apostólica. Era una visita muy delicada pues el Santo Padre debía abrir los trabajos de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla y algunos exponentes de la teología de la liberación querían aprovecharse de esta circunstancia para manipular el Magisterio de la Iglesia. El Santo Padre tenía que afirmar, por un lado, los ideales de justicia cristiana pero, por otro, no podía aceptar el análisis marxista ni la doctrina subyacente a este análisis, como método para leer la realidad eclesial. |
En un discurso muy equilibrado, el Santo Padre, en un español perfecto, supo dar orientaciones precisas a los obispos que abrían los trabajos de esta sesión y el documento de Puebla es ahora uno de los puntos de referencia más importantes para la pastoral del continente.
Durante esos días de gracia para México, en los que el país recibía por vez primera en su historia la visita de un Sucesor de San Pedro, pude apreciar muy de cerca la extraordinaria figura, humana y espiritual, de Karol Wojtyla que, por providencia de Dios, había sido llamado a gobernar la barca de la Iglesia en los últimos decenios del segundo milenio de la era cristiana. El Papa era consciente de que el encuentro con el pueblo mexicano representaba para los católicos del país un momento de intensa vivencia espiritual. El país había obedecido con fe ciega el mandato del Vicario de Cristo, el Papa Pío XI, para poner fin al enfrentamiento armado entre los cristeros y las fuerzas gubernamentales. Mi tío, el general Jesús Degollado Guízar, fue quien firmó el documento de cese de hostilidades.
En el año 1979, a pesar de vivir en un régimen que no reconocía jurídicamente a la Iglesia, los católicos mexicanos vivían en una situación de relativa libertad religiosa, al menos de cierto respeto, y podían celebrar su fe, si bien los derechos de la Iglesia y de sus ministros no eran totalmente reconocidos. El encuentro de la fe de los católicos mexicanos con Juan Pablo II fue imborrable en la memoria de ambos. Por un lado, Juan Pablo II se sentía estimulado y animado por la acogida calurosa y cariñosa de los mexicanos.
Por otro lado, el pueblo mexicano, "siempre fiel", como la Polonia natal del Pontífice, era confirmado en su fe recia y constante. A partir de entonces se puede decir que ha habido una especie de mutua atracción entre el Papa y México, tanto es así que ha visitado el país en cinco ocasiones, confirmando así los lazos tan íntimos que se han creado entre los dos.
En esos días, llenos de febril actividad en la Delegación Apostólica, contando con la benevolente acogida del entonces Delegado Apostólico, Mons. Girolamo Prigione, pude constatar de primera mano el gran don que Dios había querido regalar a la Iglesia en la figura de Juan Pablo II.
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