¿Qué me podría decir del primer período fundacional? Normalmente este período va acompañado de obstáculos de diversa índole que hay que vencer, pero también de gracias muy especiales.
Los primeros meses fueron muy tranquilos y serenos, en medio de una gran pobreza material, pero no nos dábamos cuenta para nada de lo que nos faltaba. Yo recuerdo que vivía dando continuas gracias a Dios por la ayuda tan manifiesta que nos había proporcionado. Los chicos del centro vocacional también vivían muy alegres y contentos, con sus clases de latín, de matemáticas, de español, etc. Yo procuraba infundirles el espíritu que, en la oración, veía que Dios quería para nosotros. Seguía estudiando, pero tuve que dedicarme mucho a asegurar los fondos para que ese proyecto no se fuera a quedar cortado por falta de medios económicos.
Fueron para mí, años muy hermosos, y al mismo tiempo muy desgastantes. El cuidado y la formación de los hermanos y la búsqueda de medios económicos para su sostenimiento me ocupaban intensamente la mayor parte del día. Nos regalaron una vaca, "La Mariposa", después llegó otra más. Yo me levantaba de madrugada para ordeñarlas. Salía a vender la leche, vendía también huevos y verduras, compraba el desayuno para los hermanos y regresaba a despertar a la comunidad. La formación de los hermanos implicaba la organización de numerosas actividades: impartir las conferencias de formación espiritual, la enseñanza de los hábitos más elementales de oración e incluso de orden y limpieza.
Debía también buscar los medios económicos para el sustento de todos. Ello implicaba que casi diariamente debía salir a recorrer las calles tocando las puertas de posibles bienhechores. Al final del día, cuando los hermanos se habían ya acostado, llegaba el profesor González Rojas a impartirme las clases. Siempre se adaptó el buen profesor a mis horarios nocturnos y gracias a ello pude concluir mis estudios. Estudiaba después de las clases, entrada la noche, por lo que mis horas de sueño durante aquellos años se redujeron a dos o tres horas diarias. Dios me dio fuerzas y me sostuvo en todo momento.
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A los pocos meses, nos llegó la amenaza de que nos iban a denunciar a la policía como seminario, prohibidos en aquel entonces si no había un permiso expreso del gobierno. Los propietarios de la casa se preocuparon, porque ello podría implicar la incautación de su casa y tanto ellos como nosotros nos quedaríamos sin vivienda. Vi por ello la necesidad de conseguir otro lugar donde pudiéramos estar más tranquilos.
En abril de 1941 encontré una pequeña casa con un gran jardín en el pueblo de Tlalpan, al sur de la ciudad de México, y con el dinero que obtuve de la venta de una casa de la familia Retes en Mazatlán, más un préstamo de 4.000 pesos que nos hizo el señor obispo de Cuernavaca, pudimos comprarla y para la segunda semana del mes de mayo de 1941 nos trasladamos a ella.
Como usted decía, obstáculos no faltaban, pero tampoco gracias innumerables. Yo recuerdo ese período con verdadera fruición espiritual. Y no es que desde el punto de vista externo la vida fuera fácil para mí, pero es cierto que las gracias eran abundantes. Esta misma experiencia se ha repetido, con circunstancias diversas, en todas las fundaciones de las otras primeras casas, especialmente en los primeros años.
Gracias a Dios, no nos faltó ni un día qué comer. Bueno, solamente un día no tuve nada para darles de comer e hice una infusión de hojas de árbol de limón con azúcar, como una especie de té, que fue el alimento de todo el día. Por la noche, al ver la cara de los hermanos, me dio tanta lástima que salí a una tienda para que me dieran fiada una gran lata de sardinas y un bollo de pan para cada uno, para que no se fueran a acostar con el estómago vacío. Pero fuera de ese día, gracias a Dios, no faltó nada, aunque eso sí, en medio de grandes estrecheces, pero todos muy contentos, porque sabíamos que estábamos empezando algo importante para la Iglesia y porque así estábamos agradando a Dios.
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