El Santo Padre concedió una audiencia con los miembros del Regnum Christi, en la Plaza de San Pedro, el 4 de enero de 2001, durante la celebración del LX Aniversario de fundación del a Legión de Cristo.
El tema de la confianza y de la esperanza es típico en la doctrina de Juan Pablo II, como lo demuestra, entre otras cosas, el título que quiso dar a su libro, Cruzando el umbral de la esperanza. Pero, ¿hay razones para esperar? ¿Usted mismo espera un futuro mejor para la Iglesia y el mundo?

Yo estoy firmemente convencido del triunfo de la Iglesia, del Reino de Dios, de Cristo en la historia. La revelación nos habla claramente de ello. Lo que no sabemos es cómo llegaremos a este punto final en que todas las cosas, incluida la muerte, estarán sometidas, por el poder de Cristo, al Padre. Nosotros no sabemos cuándo será ese momento, ni las vicisitudes históricas que sufrirá la Iglesia y la humanidad para llegar ahí. Sabemos que la cizaña crecerá junto al trigo hasta entonces (cf. Mt 13, 24-30) y que, mientras tanto, la vida del hombre será una lucha continua, como señala el libro de Job (cf. 7, 1).

Precisamente porque nuestra existencia está asediada por numerosos males, Cristo ha querido enseñarnos a confiar, a no temer, a esperar contra toda esperanza. Mucho me ha ayudado, en momentos difíciles de mi vida de Fundador, para afrontar con serenidad el futuro, el versículo del salmo 37 que invita a dejar en manos del Señor todas nuestras preocupaciones y a confiar en Él de modo absoluto: "Encomienda tu camino al Señor, confía en Él, que Él actuará" (v. 5). En esta misma línea, se sitúa la enseñanza del Papa. Con él, creo firmemente que sí hay razones para esperar. Razones que se fundan en motivos sobrenaturales más que en un análisis económico, político o social de la realidad del mundo y de la Iglesia.
Podemos esperar porque la redención ya se ha realizado en la cruz y en la resurrección. Si la cruz no hubiera existido y si Cristo no hubiera resucitado nuestra esperanza sería absolutamente vana e infundada. Podemos esperar porque el Espíritu Santo asiste en todo momento a su Iglesia, como Consolador y Paráclito, como guía hacia la verdad, como Maestro del amor perfecto. Sí, podemos esperar, podemos y debemos superar los miedos que nos acechan y paralizan y que tratan de susurrarnos en el espíritu que es inútil y vana la esperanza.

Puedo confesarle, como experiencia personal, que en la fundación de la Legión de Cristo he tenido numerosas oportunidades para vivir la esperanza, porque desde un punto de vista humano, muchas veces todo parecía contrario a la realización de esta obra; a veces parecía que la congregación misma se iba a disolver, que todo iba a desaparecer, que había sido un sueño, un sueño bello, pero nada más que un sueño ilusorio. Pero la esperanza cristiana, teologal, me invitaba a descubrir el plano providente de Dios en cada uno de los pasos que íbamos dando y mostrándome cómo, si se cerraba una puerta, al instante se abría otra que dejaba ver nuevos e insospechados horizontes. Sí, podemos esperar, la esperanza no es ilusoria, porque, como dice san Pablo, la esperanza cristiana nunca defrauda (cf. Rm 5, 5).